En Pirapó, Itapúa, el día de Leónidas Del Valle comienza cuando todavía no sale el sol. A las 4:30 de la mañana, el silencio del campo se rompe con el primer gesto del día: rezar y compartir unos mates con su esposo, Paulino Báez, antes de que cada uno tome su lugar en la producción familiar.

“Ese ratito es importante, después ya arrancamos”, cuenta Ña Leo, mientras describe una dinámica de trabajo que combina organización, esfuerzo y una clara división de tareas dentro de su propia casa.

Ella se encarga del ordeñe automatizado en el tambo, mientras Paulino y su hijo mayor Juan se ocupan de la chacra y del invernadero frutihortícola. Así, entre ambos, sostienen una finca diversificada donde la producción no se detiene durante todo el año.

El maíz cosechado, además de comercializarse, se transforma en alimento para el ganado. Esta estrategia les permite fortalecer la producción lechera, uno de sus principales rubros de renta.

“Enviamos poco más de 1.500 litros diarios a la cooperativa Colonias Unidas. Además del tambo, trabajamos con granos (soja, maíz) y hortalizas”, explica.

La familia Delvalle Báez administra unas 20 hectáreas destinadas al cultivo de granos y otras tres hectáreas dedicadas a la producción hortícola bajo invernadero, donde crecen locotes, ajíes, repollos y tomates, entre otros productos que abastecen al mercado local.

En su experiencia, la diversificación es clave para sostener la producción durante todo el año. “Los productores buscamos asegurar nuestro sustento en verano e invierno. En estas épocas frías protegemos nuestras hortalizas con invernaderos y alimentamos a los animales con grano bajo techo”, señala Ña Leo.

Su historia refleja el trabajo silencioso pero constante de cientos de familias productoras del sur del país que sostienen la producción agropecuaria en distintas escalas.