La expansión de la fiebre aftosa hacia regiones donde determinados serotipos no circulaban desde hace décadas volvió a encender las alertas sanitarias a nivel internacional. La Organización Mundial de Sanidad Animal (OMSA) advirtió que el impacto de un brote puede ir mucho más allá de las pérdidas productivas, afectando el comercio, los ingresos de los productores e incluso la economía general de aquellos países con una fuerte dependencia de la actividad ganadera.

La preocupación está relacionada principalmente con la propagación del serotipo SAT 1, históricamente asociado al África austral. Desde 2025 comenzó a detectarse a miles de kilómetros de su área tradicional y, durante 2026, Israel, Chipre, Palestina, China y Mongolia notificaron por primera vez su aparición. También volvió a ser reportado en Türkiye, Líbano y Grecia luego de aproximadamente seis décadas de ausencia.

Si bien la fiebre aftosa rara vez provoca una elevada mortalidad, su alta capacidad de contagio puede generar importantes pérdidas productivas. La enfermedad afecta principalmente a bovinos, porcinos, ovinos, caprinos y otros animales de pezuña hendida, comprometiendo su salud y desempeño productivo. Para la OMSA, sin embargo, las consecuencias más importantes no necesariamente terminan dentro de los establecimientos ganaderos.

Una vez detectada la enfermedad en una región, los movimientos de animales y el comercio de productos de origen animal pueden quedar sometidos a fuertes restricciones para evitar una mayor propagación. Esto adquiere especial relevancia para las economías ganaderas orientadas hacia la exportación, considerando que el estatus zoosanitario reconocido internacionalmente tiene una incidencia directa sobre el acceso y la confianza de los mercados compradores.

El impacto económico podría ser particularmente significativo en países pequeños y con una elevada dependencia de la producción pecuaria. Una evaluación de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), citada por la OMSA, señala que ante una incursión del serotipo SAT 1 las pérdidas podrían alcanzar hasta el 1% del Producto Interno Bruto (PIB) en las economías más vulnerables.

Además, las perturbaciones provocadas sobre el comercio podrían generar costos iguales o incluso superiores a las propias pérdidas directas de producción.

En ese sentido, la OMSA fue contundente al señalar que, frente a un brote, “las consecuencias podrían extenderse más allá del sector ganadero y convertirse en una crisis que afecte al conjunto de la economía”. La pérdida temporal de mercados, las restricciones al movimiento de hacienda, la caída de la productividad y los recursos necesarios para controlar la enfermedad explican por qué la prevención adquiere un valor económico además de sanitario.

Frente a este escenario internacional, el organismo recomienda que los países fortalezcan anticipadamente sus sistemas de defensa sanitaria. Entre las herramientas mencionadas aparecen el refuerzo de la bioseguridad, la vacunación, los controles sobre el movimiento de animales y la vigilancia fronteriza.

La OMSA también pone especial énfasis en disponer de sistemas sólidos y confiables de información epidemiológica, que permitan a los gobiernos justificar y movilizar recursos antes de enfrentar una emergencia.

La inversión es precisamente uno de los puntos centrales del planteamiento. En su publicación, la OMSA recoge estimaciones de Franck C.J. Berthe, especialista sénior en agricultura para África Occidental y Central del Banco Mundial, según las cuales la fiebre aftosa provoca pérdidas de hasta US$ 21.000 millones anuales para los ganaderos a nivel mundial.

El especialista sostuvo que existen los conocimientos, las herramientas y las estructuras necesarias para controlar la enfermedad, aunque avanzar en su aplicación requiere inversión y decisión política.

Para la OMSA, la expansión reciente del SAT 1 constituye una señal de advertencia, aunque sostiene que la situación puede gestionarse mediante prevención e inversión sostenida en los sistemas de sanidad animal. El mensaje final apunta directamente a la necesidad de anticiparse: “La próxima gran crisis podría surgir de un sistema ganadero cuya salud hemos decidido no financiar”, señaló Berthe en una reflexión recogida por la organización.

En un mercado internacional donde la condición sanitaria está estrechamente vinculada con la capacidad de comerciar, la prevención pasa así a ser no solamente una estrategia sanitaria, sino también una herramienta para proteger producción, mercados e ingresos.